Sí, las has visto. Figuras resplandecientes posadas en el cielo de nuestra vida. Su luz nos alza, nos insufla ánimos y nos guía en este tenebroso mundo. "Estrellas", pensarás. Te equivocas: son amigos.
Seres provenientes de cualquier espacio y tiempo, sujetos en la bóveda celeste de nuestra corta existencia nos acompañan en las más horribles coyunturas que se suceden como una macabra película en un arcaico
cinematógrafo o, por otro lado, caminan a nuestra vera en las más propicias situaciones.

Por mala fortuna, como en cualquier aspecto de la vida, no siempre todo es real: las hay en movimiento, efímeras formas que desaparecen llevadas por el frío viento de la indiferencia. Similares a las estrellas fugaces, un segundo grupo de amigos (entre infinitas comillas) prometen infinidad de deseos, embelesando nuestras mentes con fantasmagórico contoneo para luego desaparecer, junto a sus falsos juramentos.
Dichos astros presentes en nuestras vidas se parapetan tras una tapadera con el sobrenombre de amistad, un disfraz con el nombre de interés con el cual pretenden conseguir un secreto propósito para, después, volatilizarse como una cerilla en plena ignición.
Tales elementos son los causantes de la caída en el olvido del verdadero significado del término
amistad, los autores de la metamorfosis de una perfecta hermandad a una simple moneda de cambio para obtener un mero beneficio arrebatado entre una oscura nube de espeso y desesperanzador humo.
A mi juicio, los mencionados personajillos amantes de la prestidigitación entre camaradería y
negocio deberían erradicarse como la peor enfermedad existente en este planeta; habrían de suspender su existencia hasta que sonasen las trompetas del Día del Juicio y no poseyeran la posibilidad de volver a utilizar su arte pícaro y estafador para manipular a su antojo a algún perseguidor del ya olvidado término
amistad.
He dicho.